Los seres vivos tenemos biorritmos propios y éstos están condicionados por el clima externo. De la misma manera que las plantas y el resto de los animales tienen un ciclo marcado por las estaciones del año, nosotros también reaccionamos de una determinada manera ante el frío o el calor.

El clima y el comportamiento

Por cuestión de pura supervivencia biológica, una persona que viva en un país tropical hará mucha vida fuera de casa por el calor, mientras que en zonas frías se tenderá a estar más en espacios cerrados. Está lógica también se aplica cuando nos referimos a las estaciones del año en los países templados. En España, más allá de las diferencias regionales, hay cuatro estaciones bien definidas climatológica y pluviométricamente: el invierno, la primavera, el verano y el otoño. Tradicionalmente, nuestra psique asocia determinados valores a cada etapa, como quietud al invierno, renacimiento a la primavera, esplendor al verano y limpieza (o decrepitud) al otoño. Las religiones paganas tuvieron presente este simbolismo y realizaban fiestas para conmemorar los tránsitos, como los solsticios y los equinoccios; no es casual que la Navidad cristiana sea inmediatamente posterior al solsticio de invierno y que la Semana Santa se celebre la primera luna llena posterior al equinoccio de primavera.

Cambios en el estado anímico comprobados científicamente

Las consideraciones simbólicas se han basado en la sabiduría popular transmitida a lo largo de los siglos, pero hoy existen estudios científicos que sugieren que nuestro organismo funciona de forma diferente según la época del año. El proceso de transición entre el solsticio de verano y el de invierno hace que nuestro cerebro genere una mayor cantidad de melatonina al haber menos horas de sol, lo que nos hará dormir más, pero también influirá en que estemos de peor humor. Quizás una parte del llamado síndrome posvacacional tenga que ver con esta cuestión. Además, el contar con más horas de sol durante las estaciones cálidas, hace que los niveles de testosterona y serotonina tiendan a aumenten y estemos más activos y con ganas de interactuar con los demás; de ahí que el refranero popular diga que “la primavera la sangre altera” o que haya toneladas de literatura acerca de los amores de verano.

Las estaciones no son la únicas responsables

Hay que señalar, sin embargo, que la biología, aunque es un factor importante y que sugiere tendencias de comportamiento, no resulta en absoluto determinante. Podemos tener una vida social muy activa en invierno o estar más retraídos en verano porque, al final, eso dependerá de nuestro estado de ánimo y de aquello que sintamos en un determinado momento de nuestra vida. Por ejemplo, si una persona se deprime en otoño sin motivo aparente, no hay que achacarle todo al cambio estacional porque, simplemente, éste ha sido el catalizador de algo que se estaba larvando desde tiempo atrás.

Una forma inteligente de afrontar los cambios estacionales es conocer qué implican orgánicamente y, una vez que lo tenemos interiorizado, utilizar a nuestro favor cada cualidad para reconectar con nuestro ser; siendo coherentes en la medida de lo posible, entre lo que nos pide nuestro cuerpo en cada momento y nuestros actos.

¿Qué pensáis vosotros? ¿Afectan realmente las estaciones al estado anímico?